Los rascacielos no se construyen solo para albergar oficinas o apartamentos. Son ante todo una declaración de intenciones: una ciudad que levanta una torre está anunciando al mundo que existe, que crece, que compite. Marruecos lo sabe y acaba de presentar inauguraba en Rabat la Torre Mohammed VI, el rascacielos más alto del país y el tercero de todo el continente africano (el trono es para la Iconic Tower de la nueva capital de Egipto).
La impresionante torre destaca tanto en la desembocadura del río Bouregreg como en el skyline del tradicional e histórico Rabat. Su diseño futurista lo firma el arquitecto marroquí Hakim Benjelloun y el estudio Rafael de La Hoz, uno de los estudios españoles con mayor trayectoria internacional en arquitectura de altura y en cuyo currículum está ser uno de los precursores de la modernización de la arquitectura española y proyectos tan icónicos como las sedes corporativas de Endesa, Repsol o Telefónica.
El rascacielos. Según el comunicado del gabinete de Rafael de La-Hoz, la Torre Mohammed VI se eleva a lo largo de 55 plantas sobre un podio de cuatro niveles a orillas del Bouregreg, en una superficie total construida de 102.800 metros cuadrados. Su estilo es «afrofuturista», en palabras del propio arquitecto cordobés.
El diseño del interior del edificio corre a cargo de la firma belga de interiorismo Flamant. Allí albergará un hotel de lujo Waldorf Astoria, oficinas, apartamentos de alto standing, una plataforma de observación panorámica de Rabat y Salé, comercios y restaurantes. Para subir a todos esos locales hay un total de 36 ascensores distribuidos entre la torre (21) y el podio (15).
Por qué es importante. Como explicaba Rafael de la Hoz en una charla que dio sobre el proyecto en el Instituto Cervantes de Rabat en 2019, su estilo puede entenderse como la metáfora de un movimiento compartido entre las sociedades africanas de figurar en el mapa de la contemporaneidad. Estar en el mapa. Y vaya si lo está: la silueta de la Torre es visible a más de 50 kilómetros de distancia, redefiniendo el paisaje urbano de Rabat y Salé.
La Torre Mohammed VI quiere ser un ancla de identidad metropolitana, erigiéndose como nuevo icono arquitectónico que refuerza la proyección internacional de Marruecos, dentro de una estrategia que auna tradición y modernidad bajo el paraguas de la sostenibilidad.
Contexto. La inauguración de la Torre Mohammed VI supone un paso más en la estrategia de Marruecos para posicionarse como un país en crecimiento y abierto a la innovación, con el desarrollo del valle del Bouregreg como una de sus iniciativas más ambiciosas. En los últimos años la zona ha sufrido un importante lavado de cara con la la construcción de una marina, un área residencial, un teatro y el tranvía metropolitano de Rabat-Salé.
De hecho, se integra en el plan de «Rabat Ciudad de las Luces, capital marroquí de la Cultura«, una hoja de ruta que combina la rehabilitación del patrimonio histórico con la creación de nuevos espacios contemporáneos y la promoción de actividades culturales con un objetivo claro: convertir la capital marroquí en un polo cultural que una tradición y modernidad bajo criterios sostenibles.
En detalle. Según EFE, el edificio cuenta con cimentaciones de 60 metros antisísmicas y anticrecidas, un amortiguador armónico a prueba de viento y vibraciones, sus fachadas tienen iluminación dinámica y paneles fotovoltaicos y dispone de sistemas de recuperación de energía y aguas pluviales.
De la Hoz contaba que la torre tiene «superficie de 4.700 m2 de paneles solares que supone una revolución en el concepto de la edificación en altura», además de certificaciones de sostenibilidad y eficiencia ambiental internacionales como la estadounidense LEED Gold o la HQE francesa.
Sí, pero. La UNESCO mostró su rechazo al proyecto al ubicarse en el estuario del río Bouregreg, donde jamás había habido inmuebles de más de tres alturas y no es algo pequeño: en una ciudad como Rabat, que fue declarada Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2012 precisamente por la integridad visual de su paisaje histórico, una torre de 250 metros en pleno estuario alterna irreversiblemente el paisaje.
Además, y aunque es evidente que la torre es un logro técnico notable y una construcción que pone a Rabat y Marruecos en el mapa de la arquitectura, la concentración de usos premium en un único complejo puede desencadenar procesos de gentrificación alrededor del Buregreg, desplazando actividades y a quienes ya vivían allí. Es la cara menos visible del llamado «efecto Bilbao«, ampliamente analizado en la literatura académica sobre regeneración urbana.
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La noticia
Marruecos acaba de estrenar el tercer rascacielos más alto de África: una soberbia torre de 250 metros con sello de Córdoba
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Xataka
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Eva R. de Luis
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