Estados Unidos tenía un problema que se medía en millones de toneladas: cada año, una montaña de moquetas y alfombras usadas terminaba en los vertederos. En el año 2007, un grupo de investigadores encontró una salida tan extraña como prometedora: utilizarlas para alimentar los hornos de las cementeras. Lo sorprendente es que consiguieron demostrar que funcionaba. Lo que vino después fue una lección sobre la distancia que separa una buena idea de un negocio rentable.
Millones de toneladas de alfombras. A comienzos de los años 2000, Estados Unidos generaba anualmente entre 1,8 y 2,3 millones de toneladas de residuos de moquetas, buena parte de los cuales terminaba en vertederos. El problema estaba en su composición: fibras sintéticas, adhesivos, tejidos de soporte y materiales minerales, una mezcla diseñada para resistir años de uso, pero extraordinariamente difícil de separar y reciclar.
Para los investigadores del Instituto Tecnológico de Georgia, aquella montaña de residuos planteaba una pregunta: ¿y si en lugar de recuperar cada componente se aprovechaba su contenido energético?
La ocurrencia tenía más sentido del que parecía. Las moquetas contienen fibras de nailon, polipropileno y otros polímeros derivados del petróleo que liberan energía al quemarse. Sus bases también incorporan carbonato cálcico, utilizado como materia prima en la fabricación de cemento. Esa combinación convertía a los hornos cementeros en candidatos interesantes: podían aprovechar la energía de los plásticos y admitir los componentes minerales.
Los ensayos preliminares atribuyeron a determinadas mezclas un poder calorífico de unos 23 megajulios por kilogramo, inferior al del carbón convencional, pero suficiente para estudiar su uso como combustible complementario.
Primero había que comprobar qué salía por la chimenea. Entre noviembre de 2003 y febrero de 2004, investigadores de la Agencia de Protección Ambiental estadounidense (EPA) realizaron 62 ensayos con alfombras y moquetas de polipropileno y dos tipos de nailon, introduciendo cargas de unos 400 gramos en un horno experimental.
Las pruebas demostraron que podían arder, aunque también revelaron diferencias según el material: las fibras de nailon aumentaban las emisiones de óxido nítrico y la alimentación por lotes producía picos transitorios de monóxido de carbono. El experimento no demostraba que quemar moquetas fuera ambientalmente inocuo, pero sí que existía una posibilidad técnica que merecía estudiarse a escala industrial.
El salto a una cementera de verdad. La prueba decisiva llegó en las instalaciones de Lehigh Cement en Evansville, Pensilvania, donde los investigadores quemaron alfombras trituradas junto con el combustible habitual. El material llegó a representar entre el 10% y el 15% del aporte energético, con una alimentación de unas dos a dos toneladas y media por hora.
Los resultados fueron alentadores: el horno pudo utilizar las alfombras sin que las emisiones medidas superasen los límites autorizados durante el ensayo. Los registros de óxidos de nitrógeno y dióxido de azufre permanecieron por debajo de los máximos permitidos, aunque el segundo mostró valores aparentemente superiores durante la combustión conjunta.
El primer enemigo fue una máquina que no dejaba de atascarse. El ensayo industrial tenía previsto utilizar unas 1.000 toneladas de alfombras, pero únicamente consiguió introducir alrededor de 200 toneladas en el horno. El motivo: el sistema de alimentación, originalmente diseñado para astillas de madera, que se atascaba cuando recibía aquel material fibroso y heterogéneo.
Las moquetas tampoco eran fáciles de preparar: había que triturarlas, mantenerlas secas y manipular grandes volúmenes de residuos. Además, el carbonato cálcico presente en su composición provocaba un desgaste considerable en las superficies de corte.
Y entonces llegó la factura. El informe final, publicado en febrero de 2007, reveló que el mayor obstáculo no estaba en la combustión, sino en el dinero necesario para transportar y preparar las alfombras. Los investigadores calcularon que su valor energético equivalía a unos 1,2 centavos de dólar por libra, pero el coste real de preparación y suministro alcanzó los 4,3 centavos: 1,5 por embalado y carga, otros 1,5 por trituración y 1,3 por transporte.
Dicho de otra forma, solo trasladar el material costaba 550 dólares por camión para un recorrido de unos 161 kilómetros. Es decir, el coste total multiplicaba por más de cinco la previsión inicial de 0,8 centavos por libra y superaba ampliamente el valor del combustible obtenido.
Una solución que funcionaba, pero no salía a cuenta. La investigación, dirigida por Matthew Realff desde Georgia Tech y financiada por el Departamento de Energía estadounidense, concluyó que las alfombras eran técnicamente adecuadas como combustible alternativo, pero económicamente inviables en las condiciones estudiadas. Una planta más cercana a los puntos de recogida, mejores equipos de trituración o un combustible convencional más caro podían modificar las cuentas, aunque también había que invertir en sistemas de almacenamiento y alimentación.
El experimento dejó así una paradoja: Estados Unidos disponía de millones de toneladas de residuos aprovechables y de hornos capaces de utilizarlos, pero no de una cadena logística que permitiera hacerlo de manera rentable. En 2007, los investigadores no descubrieron que las alfombras fueran un mal combustible, más bien descubrieron que llevarlas hasta el horno costaba más de lo que valía quemarlas.
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La noticia
En 2007, EEUU tuvo la disparatada idea de fabricar cemento quemando montañas de alfombras viejas: el experimento funcionó, hasta que llegó la factura
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
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