Xataka – Un experto da con la clave: “No son los jabalíes los que cruzan nuestras carreteras; son nuestras carreteras las que cruzan sus hábitats”

En 1959, la bióloga Jane Goodall documentó cómo carreteras recién abiertas en África oriental alteraban rutas ancestrales de desplazamiento de primates y otros mamíferos, obligándolos a cambiar patrones de movimiento y alimentación. Décadas después, aquella observación temprana se ha convertido en una de las grandes certezas de la ecología moderna: una carretera nunca divide solo un paisaje. 

La ciudad como barrera invisible. Las ciudades modernas suelen pensarse como máquinas perfectas para mover personas: coches, metros, patinetes, carreteras y avenidas diseñadas para optimizar cada trayecto humano. Pero esa lógica tiene un coste oculto

Bajo esa red de asfalto y cristal, miles de animales conviven en un entorno que para ellos funciona como una trampa permanente. La movilidad urbana, tan eficiente para nosotros, se convierte para la fauna en un territorio lleno de obstáculos, ruido y puntos de muerte que alteran su vida diaria y reducen su espacio vital.

El ruido que obliga a cambiar. Uno de los impactos más profundos es el acústico. Muchas aves dependen del canto para defender territorio, encontrar pareja o comunicarse, pero el ruido constante del tráfico ha obligado a muchas especies a cambiar su comportamiento. 

Algunas elevan el tono, otras adelantan sus cantos a la madrugada y otras simplemente desaparecen. Adaptarse tiene un precio: más gasto energético, menos eficacia reproductiva y un estrés constante que rompe equilibrios construidos durante miles de años.

Cristal, coches y muertes silenciosas. Contaban en un reportaje de la Vanguardia que la amenaza más mortal muchas veces ni siquiera se ve. Las superficies acristaladas, las pantallas transparentes y las infraestructuras iluminadas provocan miles de colisiones de aves cada año. 

Petirrojos, mosquiteros y zorzales están entre las especies más afectadas, atrapadas por una arquitectura que para el ojo humano es neutra, pero para ellas es una trampa invisible. A esto se suma el tráfico rodado, que convierte carreteras secundarias y vías urbanas en auténticos corredores de mortalidad, especialmente para anfibios durante sus migraciones.

No son ellos los que invaden. Aquí entra la idea que resume el verdadero cambio de mirada. Como plantea el ecólogo Joan Pino en el medio, “no son los jabalíes o los corzos los que cruzan nuestras carreteras; son nuestras carreteras las que cruzan sus hábitats”. La frase desmonta una percepción muy extendida: la de que la fauna irrumpe en espacios humanos. 

La realidad es la inversa. Durante décadas hemos fragmentado bosques, corredores naturales y zonas de paso con carreteras, vías de tren y urbanizaciones. Cuando un jabalí aparece en una autopista o un corzo en una comarcal, no está invadiendo nada; está intentando moverse por un territorio que siempre fue suyo.

El precio de trocear la naturaleza. Ese recorte tiene consecuencias medibles. En Cataluña, los accidentes con fauna se han duplicado en la última década, superando ya varios miles al año. En ese sentido, no es solo una cuestión de seguridad vial, sino una señal de que la conectividad ecológica está fallando. 

Espacios como Collserola, pese a su proximidad a grandes áreas verdes, quedan cada vez más aislados por la densidad de tráfico y la proliferación de infraestructuras. La distancia física importa menos que la hostilidad del terreno intermedio.

Repensar la ciudad compartida. Es posible que la solución no pase únicamente por construir pasos de fauna aislados, aunque sigan siendo fundamentales. El reto es mucho más amplio: diseñar territorios permeables donde la biodiversidad pueda desplazarse sin encontrar barreras letales cada pocos cientos de metros. 

Acristalamientos adaptados para aves, iluminación menos agresiva para murciélagos, corredores verdes y menos tráfico privado son parte de esa nueva lógica. Desde ese prisma, la ciudad del siglo XXI ya no puede pensarse como un espacio exclusivamente humano, tendrá que entenderse, cada vez más, como un ecosistema compartido donde moverse no implique expulsar o silenciar al resto de vecinos invisibles.

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Un experto da con la clave: “No son los jabalíes los que cruzan nuestras carreteras; son nuestras carreteras las que cruzan sus hábitats”

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Miguel Jorge

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