Xataka – Sabemos que todas las cosas están en crisis por el cierre de Ormuz, pero de verdad que lo del aluminio es preocupante

La economía mundial se ha topado de frente con un escenario que nadie quiso prever. El mercado global del aluminio se enfrenta a lo que analistas y expertos ya catalogan como un evento de «cisne negro». La Tercera Guerra del Golfo ha provocado un cierre drástico en las rutas marítimas, desencadenando una crisis de suministro de proporciones históricas. 

Una crisis sin precedentes. «La magnitud de la crisis de oferta que estamos viendo en el mercado del aluminio es probablemente la mayor crisis de oferta individual que haya sufrido un mercado de metales básicos en la era posterior al año 2000», con esta contundencia lo resumió Nick Snowdon, jefe de investigación de metales y minería en la firma comercializadora Mercuria, en declaraciones recogidas por la agencia Reuters

Y los números avalan la alarma: la región del Golfo Pérsico concentra una capacidad de fundición de 7 millones de toneladas métricas anuales. Es decir, casi el 9% de la oferta mundial de este año está en el epicentro de un conflicto bélico.

Un cuello de botella logístico. Las implicaciones de este bloqueo van mucho más allá de la especulación financiera, ya que el aluminio es el esqueleto de industrias vitales como el transporte, la construcción y el empaquetado. Natalie Scott-Gray, analista sénior de demanda de metales en StoneX, pone el foco en la asfixia logística. Según la experta, el cierre del Estrecho de Ormuz no tiene una solución fácil, ya que «no existen otras rutas marítimas que tengan una capacidad similar». Esta disrupción, explica Scott-Gray, tiene el potencial de eliminar hasta el 50% del suministro de aluminio de Oriente Medio, lo que equivale a un golpe directo del 5% a la producción global.

En Europa, el impacto ya ha saltado de los despachos a las fábricas. Según el portal especializado Mining, los consumidores del sector de la construcción y el transporte están siendo exprimidos. En Róterdam, la prima física (el sobrecoste que se paga por encima del precio de mercado para asegurar la entrega) de los lingotes de extrusión de aluminio se ha más que duplicado desde el inicio de la guerra, pasando de 530 dólares a 1.100 dólares por tonelada métrica.

Y llega la tormenta perfecta. El mercado ha reaccionado con pánico. Según datos de Reuters, el miedo al desabastecimiento disparó los precios en la Bolsa de Metales de Londres (LME) hasta un máximo de cuatro años, alcanzando los 3.672 dólares por tonelada a mediados de abril. Desde el inicio de las hostilidades, el precio de referencia ha subido un 14%, como complementa el Financial Times.

Lo que le sigue a esta crisis es un déficit estructural inminente. Mercuria estima que el mercado se enfrentará a un déficit mínimo de 2 millones de toneladas de aquí a finales de año, una cifra alarmante si consideramos que los inventarios globales visibles apenas rondan el millón y medio de toneladas.

Occidente es particularmente vulnerable. Estados Unidos importó casi el 22% de su aluminio de Oriente Medio el año pasado, mientras que Europa dependió de la región para el 18,5% de sus importaciones. Las redes de seguridad están fallando: Emirates Global Aluminium (EGA) se ha visto obligada a declarar estado de «fuerza mayor» en varios contratos europeos tras sufrir un ataque iraní en su fundición de Emiratos Árabes Unidos. Simultáneamente, Kubal, la única fundición sueca (propiedad de la rusa Rusal), ha detenido misteriosamente sus entregas en Europa, tensando aún más la disponibilidad a corto plazo.

Los «reyes» del caos. Este shock del aluminio no ocurre en el vacío; es el síntoma de una enfermedad mayor. Daniel Yergin, vicepresidente de S&P Global, alertó en Bloomberg que estamos ante «la mayor interrupción energética que jamás hayamos visto». El impacto trasciende al petróleo, afectando al gas natural, los fertilizantes y los metales. La producción de aluminio es extremadamente intensiva en energía, por lo que el encarecimiento del combustible está disparando los costes de las fundiciones en todo el mundo.

Sin embargo, a río revuelto, ganancia de pescadores. Mientras los fabricantes sufren, los gigantes del comercio de materias primas están moviendo ficha. El Financial Times revela que la firma suiza Mercuria ha iniciado una expansión agresiva, invirtiendo más de 3.000 millones de dólares en metales base. En un giro estratégico, han pasado de simplemente financiar cargamentos a comprar activos reales, adquiriendo el 25% de una fundición de aluminio en Indonesia. «Tenemos tanto el apetito como la capacidad para hacer más», aseguró al diario británico Kostas Bintas, jefe de metales de Mercuria, confirmando que la empresa apuesta firmemente por este metal en medio del caos.

El reloj corre en contra. La crisis actual ha mutado, en palabras de Yergin a Bloomberg, en un choque entre dos bloqueos: la presión económica estadounidense frente a la capacidad de Teherán para «hacer la guerra a la economía mundial». La paradoja es que este estrangulamiento energético y logístico terminará acelerando la transición hacia los vehículos eléctricos y obligará a los países a rediseñar su seguridad energética.

Pero en el corto plazo, la realidad es tozuda. Como concluye el análisis de Reuters, el aluminio de Oriente Medio simplemente no se puede reemplazar de la noche a la mañana. China, el mayor productor del mundo, tiene un límite legal de producción anual estricto de 45 millones de toneladas, y ni Estados Unidos ni Europa cuentan con capacidad inactiva suficiente que puedan encender para salvar la situación. El «cisne negro» ha aterrizado, y la industria global tendrá que aprender a sobrevivir en un escenario donde el aluminio, antes abundante, se ha convertido en un tesoro atrapado en el fuego cruzado.

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Sabemos que todas las cosas están en crisis por el cierre de Ormuz, pero de verdad que lo del aluminio es preocupante

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Alba Otero

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