Silicon Valley tiene un don innegable para vender el futuro. Si uno escucha a los grandes líderes tecnológicos, la Inteligencia Artificial se alimentará próximamente de fuentes de energía dignas de una novela de ciencia ficción. Meta acaba de firmar un acuerdo para obtener energía solar directamente desde satélites en el espacio, mientras que figuras como Sam Altman, CEO de OpenAI, aseguran que la fusión nuclear es la gran «bala de plata» que salvará al sector.
Sin embargo, basta con bajar la mirada de las estrellas a la tierra para encontrarse con una realidad mucho más humeante. Para alimentar al insaciable «monstruo energético» que ha desatado la IA, las grandes tecnológicas están recurriendo a la tecnología del pasado. Tal y como explican desde Axios, la carrera por dominar la inteligencia artificial está acelerándose a un ritmo tan vertiginoso que los ambiciosos objetivos climáticos de la industria están pasando a un discreto segundo plano. Hoy, la nube más sofisticada del mundo se está construyendo sobre cimientos de combustibles fósiles.
Los números hablan por sí solos. Lejos de los laboratorios de fusión nuclear, la infraestructura real que se está levantando en Estados Unidos cuenta una historia basada en el gas natural. El caso de Meta es quizas el más gráfico, como detallan en Bloomberg, la empresa de servicios públicos estadounidense Entergy Corp. ha tenido que aumentar su plan de gasto de capital en casi un tercio, alcanzando los 57.000 millones de dólares, para construir 10 nuevas plantas de gas natural dedicadas exclusivamente a alimentar el nuevo campus de datos Hyperion de Meta en Louisiana. Este gigantesco complejo requirirá más de 7 gigavatios de potencia, el equivalente a la producción de siete grandes reactores nucleares.
Google, el histórico abanderado de la energía limpia, tampoco se queda atrás. Una investigación de la firma de inteligencia de mercado Cleanview ha sacado a la luz la asociación de Google con la empresa Crusoe Energy para desarrollar un inmenso centro de datos en Texas bautizado como «Goodnight«. El proyecto incluye una planta de gas de 933 megavatios construida fuera de la red eléctrica tradicional.
¿El fin de la utopía verde? El impacto ambiental de esta instalación no es menor, como explica The Guardian, la planta emitirá hasta 4,5 millones de toneladas de dióxido de carbono al año. Para ponerlo en perspectiva, esto supera las emisiones anuales de toda la ciudad de San Francisco o equivale a poner 970.000 coches de gasolina adicionales en las carreteras. Ante esto, la postura oficial de Google es cautelosa. Chrissy Moy, portavoz de la compañía, no niega el proyecto ante los medios, aunque matiza que, si bien están vinculados al campus, todavía «no tienen un contrato en vigor» para adquirir la energía de dicha planta de gas.
Como han desarrollado en Oilprice, el origen de esta repentina fiebre por el gas radica en que los centros de datos están sometiendo a las redes eléctricas locales a una presión sin precedentes, provocando que los consumidores asuman el coste de de esta mayor competencia energética. Para sortear las lentas expansiones de la red pública y las interminables listas de espera por permisos, Wired señala que los desarrolladores de centros de datos están optando por generar su propia energía «detrás del contador» (off-grid). Y en esa estrategia rápida y privada, el gas es el rey.
Se les cae la máscara verde. Esto supone un duro golpe para la imagen verde de Silicon Valley. Como recuerda The Guardian, Google fue en su día un pionero en prometer cero emisiones netas para 2030. Sin embargo, la propia compañía ha tenido que admitir que sus emisiones de carbono han aumentado un 48% en los últimos cinco años debido a los centros de datos.
Ahora, aquellos objetivos medioambientales han sido rebajados internamente a la categoría de climate moonshots (proyectos especulativos muy difíciles de alcanzar). El problema de fondo es puramente físico. Tal y como reflexiona Impakter, la energía —y no la escasez de chips— se perfila como el verdadero cuello de botella para la IA. Las fuentes renovables tradicionales son intermitentes, y los grandes modelos de lenguaje exigen devorar electricidad las 24 horas del día.
Un problema sistémico que ya levanta ampollas en Washington. El regreso al gas natural no es una anécdota aislada de un par de empresas. Actualmente hay cerca de 100 gigavatios de energía a gas en desarrollo en Estados Unidos destinados únicamente a centros de datos. Microsoft acaba de firmar un acuerdo con el gigante petrolero Chevron en Texas, y los permisos del Proyecto Jupiter de OpenAI en Nuevo México sugieren que podría emitir hasta 14 millones de toneladas de gases de efecto invernadero anuales (el triple que el proyecto de Google). Ante esta avalancha fósil, los senadores demócratas como Whitehouse, Van Hollen y Heinrich han enviado cartas exigiendo explicaciones formales a líderes de Meta y OpenAI por poner en riesgo los compromisos climáticos del país.
Desde la industria se defienden argumentando que es un mal necesario. Cully Cavness, presidente de Crusoe, explicaba que el gas natural es un «puente» crítico y la única fuente de energía disponible hoy capaz de escalar al ritmo que exige la IA. Las alternativas limpias de nueva generación tardarán décadas. El prometedor acuerdo de Meta para recibir energía solar desde el espacio no tendrá un satélite piloto hasta 2028, y su viabilidad comercial no se espera, en el mejor de los casos, hasta la década de 2030 o 2040. Lo mismo sucede con reactores de fusión comercial: no volcarán un solo vatio a la red hasta bien entrada la próxima década.
La gran paradoja de la IA. Las revistas de negocios celebran el éxito financiero de esta revolución. En sus perfiles de las empresas más influyentes, TIME relata cómo Google, bajo la batuta de Sundar Pichai, ha alcanzado un valor de mercado de 4 billones de dólares impulsado por sus avances en IA, mientras que Mark Zuckerberg celebra ingresos publicitarios récord en Meta prometiendo sistemas que pronto «entenderán los objetivos personales únicos» de cada usuario.
Silicon Valley promete que esta misma Inteligencia Artificial nos ayudará algún día a resolver los grandes retos de la humanidad, incluido el propio cambio climático. Pero la paradoja actual es ineludible: en el mundo real de 2026, para entrenar a la mente artificial más brillante y vanguardista jamás creada, el ser humano sigue necesitando, irremediablemente, prenderle fuego al gas natural.
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La noticia
Meta y Google hablan de la fusión nuclear para el futuro, la realidad es que están tirando de gas natural
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Xataka
por
Alba Otero
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