Xataka – Llevamos años usando la excusa del hambre’ para justificar nuestro mal humor. La ciencia acaba de darnos la razón

Hay personas que cuando tienen hambre parece que pierden completamente el control y saltan a la mínima, provocando que sea difícil acercarse a ellas. Y no es una falta de paciencia por esperar a la hora de almorzar o cenar, ni tampoco un rasgo de la personalidad, sino que es pura biología. Aquí la sociedad le ha dado hasta un nombre para explicar este fenómeno que relaciona el enfado rápido con las ganas de comer: ‘Hangry‘, una fusión entre hungry (hambriento en inglés) y angry (enfadado en inglés). 

El experimento definitivo. Aunque esta actitud se ha interiorizado en la sociedad como un rasgo de personalidad, como de quien se levanta y no puede mantener una conversación, la ciencia tiene mucho que decir. En concreto, un estudio publicado en la revista PLOS ONE en 2022 siguió a 64 adultos durante 21 días para ver qué ocurría. 

A través de una app, los participantes registraron sus niveles de hambre, ira, irritabilidad, placer y activación cinco veces al día, acumulando más de 9.100 observaciones. Y aquí los resultados, la verdad es que fueron demoledores: tener hambre se asociaba de manera directa con las emociones negativas, como por ejemplo el enfado o estar irascible. 

Un gran enfado. Si entramos en detalle, la sensación de hambre fue capaz de explicar el 34% de los casos de ira, el 37% de los de irritabilidad y también una caída del 38% de la sensación de placer. Pero lo más importante es que esta correlación se mantuvo firme incluso después de que los científicos controlaran variables como la edad, el sexo, el peso o incluso los rasgos de personalidad cuando no se tenía hambre. 

¿Por qué? La respuesta a estos cambios de humor parece estar concretamente en lo que necesitamos ingerir: glucosa. Y tiene bastante sentido, porque este hidrato de carbono actúa como el combustible principal de nuestro cerebro y su escasez genera una auténtica crisis energética que obliga al organismo a sacar energía de otros lugares, como de los cuerpos cetónicos. 

El cerebro aquí es un órgano realmente exigente, ya que, aunque solo representa el 2% del peso corporal, consume alrededor del 20% de la energía, y en estas situaciones se nota. 

Y está probado. Sin ir más lejos, un estudio publicado en 2014 analizó a 107 parejas durante 21 días, midiendo su glucosa en sangre y midiendo la agresividad. Lo mejor es que lo cuantificaron con un muñeco vudú que representaba a su pareja y un alfiletero. A partir de aquí se vio que cuanto más bajos eran los niveles de glucosa al final del día, más alfileres clavaban al muñeco. 

La conclusión parecía muy clara: la glucosa actúa como el «combustible del autocontrol». Sin ella, la corteza prefrontal, que está encargada de regular los impulsos, pierde su capacidad de frenar a la amígdala, que es el centro de las emociones primitivas y menos racionales. 

Lo que ocurre. Cuando el cerebro detecta esta falta de «combustible», no lo interpreta como «se ha retrasado la reserva del restaurante», sino como una amenaza vital de que falta comida en el ambiente. Es por ello que para compensarlo, las glándulas suprarrenales liberan tanto cortisol como adrenalina, que están involucradas en la situación de estrés. 

Como es lógico, un aumento de estas hormonas genera una irritabilidad que es típica de los cuadros de hipoglucemia. Aunque si vamos más allá, hay estudios donde se apunta que el cerebro, en situaciones de emergencia como es el hambre, prioriza la supervivencia antes que la paciencia o la cortesía social, haciendo que ‘saltemos’ ante cualquier interacción. 

La buena noticia. Aquí, ser conscientes de lo que nos está ocurriendo y de que está relacionado con el hambre es lo más valioso para evitar tener un enfado con nuestra pareja o nuestro amigo. Lógicamente, esto hace que el cerebro entienda que no se encuentra en mitad de la selva y que necesita buscar alimento cuanto antes, sino que solo se va a retrasar un poco el hecho de volver a tener los niveles de glucosa a los que está acostumbrado. 

Imágenes | freepik

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Llevamos años usando la excusa del hambre’ para justificar nuestro mal humor. La ciencia acaba de darnos la razón

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José A. Lizana

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