En el año 2000, un cráneo parcialmente momificado apareció en un palacio de Sabiñán, en Zaragoza. Los análisis lo identificaron como los restos de un papa del siglo XV. Alguien lo había robado de la urna donde reposaba. La Guardia Civil lo recuperó meses después, el 12 de septiembre. El cráneo lleva décadas generando un pleito judicial entre tres localidades —Illueca, Sabiñán y Peñíscola— que reclaman su custodia. Hoy descansa en un depósito del Museo Provincial de Zaragoza, esperando sentencia —lo contamos hace un año—. Siglos antes, un santo le había profetizado ese destino: con su cabeza jugarán los niños a modo de pelota. La historia de cómo acabó así empieza en un castillo del Moncayo.
Desafiando a toda la cristiandad. Pedro Martínez de Luna y Pérez de Gotor. Segundo hijo varón de una de las familias nobles más poderosas de Aragón. El primogénito heredaba el feudo; el segundo iba a la Iglesia. Era la costumbre. Pedro de Luna estudió Derecho Canónico en la Universidad de Montpellier —donde destacó como alumno y después como profesor— y fue nombrado cardenal por el papa Gregorio XI. En 1377, la monja dominica Catalina de Siena recordó al papa una promesa de juventud: devolver la sede a Roma. Gregorio XI, conmovido, regresó. Pedro de Luna viajó con él. Lo que viene a continuación, como dice el meme, te sorprenderá, porque partió la Iglesia en dos durante cuarenta años.
Gregorio XI murió en Roma el 27 de marzo de 1378 antes de poder reorganizarse. El cónclave que eligió a su sucesor fue un caos: la turba romana rodeó el edificio exigiendo un papa italiano bajo amenaza de muerte. El resultado fue Urbano VI, el arzobispo de Bari. Meses después, los cardenales —Pedro de Luna entre ellos— declararon inválida esa elección por coacciones y eligieron a Roberto de Ginebra, que tomó el nombre de Clemente VII y se instaló en Aviñón. La Iglesia tenía dos papas. Ambos se excomulgaron mutuamente y ambos maldijeron a los seguidores del otro. Nadie sabía con certeza cuál de los dos iba al infierno. Esto último no es un chiste.
Cómo llega Pedro de Luna al pontificado. Por una mezcla de mérito, oportunismo y una promesa que pensaba saltarse. Durante dieciséis años fue el legado del papa de Aviñón en toda Europa. Medió entre Portugal y Castilla. Negoció entre Francia e Inglaterra, enfrentadas en la Guerra de los Cien Años. Era una de las figuras que mejor conocía el mapa político y jurídico de la cristiandad. Cuando Clemente VII murió en septiembre de 1394, los cardenales de Aviñón se encontraron ante un problema: elegir un nuevo papa perpetuaba el Cisma —de ahí la palabra—. Lo denominaron via cessionis: que ambos papas renunciasen para cerrar el Cisma.
Los doctores de París aconsejaron esperar. Todos los cardenales firmaron una cédula comprometiéndose a renunciar al pontificado si eran elegidos. Era la condición para aceptar el cónclave. El lunes siguiente, 20 de 21 cardenales votaron a Pedro de Luna. El único que no lo hizo fue él mismo. Aceptó el cargo. Tomó el nombre de Benedicto XIII. Y no renunció. Cuando le preguntaron por el juramento, respondió con la lógica de un jurista: ningún cardenal puede comprometerse a renunciar antes de ser elegido, porque eso violaría la libertad del Espíritu Santo. El juramento era inválido de raíz. Nadie lo convenció de lo contrario en los siguientes veintinueve años.
Legitimando, que es gerundio. Aragón, Castilla, Navarra y Escocia lo consideraron su santo Papa. Todos los demás, no. Eso son cuatro reinos contra el resto de la cristiandad. Francia, que había sido el principal sostén del papado de Aviñón, le retiró la obediencia en 1398. En 1403 abandonó el Palacio de los Papas de Aviñón con solo cinco cardenales fieles. Esto implica mover ejércitos y embajadas. Deambuló por ciudades de Francia e Italia mientras negociaba, maniobraba y publicaba tratados jurídicos. Era el papa más solo de la historia. Y el más obstinado.
Perpiñán, 1415. Ahora llega el momento más cinematográfico. El Concilio de Constanza, convocado por el emperador Segismundo, conseguía lo que ninguno había logrado: el antipapa Juan XXIII fue depuesto, y Gregorio XII, el papa romano, renunció en favor de la unificación. Solo quedaba Benedicto XIII. En septiembre de 1415, el mismísimo Vicente Ferrer —su amigo de décadas, predicador de fama europea, futuro santo— viajó a Perpiñán para convencerle. No lo logró. Se topó con este argumento: “Aseguráis que soy un papa dudoso; lo acepto. Pero antes de ser papa fui cardenal, y cardenal indiscutible de la Santa Iglesia de Dios, ya que fui investido antes del Cisma. Como los cardenales son quienes nombran al papa, solo yo puedo designar o elegir un papa auténtico”.
Vicente Ferrer lo dejó ahí, encerrado en ese círculo vicioso. Fernando I de Aragón lo abandonó también. El Concilio de Constanza lo condenó como hereje y antipapa. Martín V fue nombrado pontífice único de la cristiandad en 1417. Pedro de Luna, más solo que la una, se instaló en el castillo templario de Peñíscola.
Qué pasa, Peñíscola. La última roca era su creación más personal. El castillo de Peñíscola, sobre un promontorio frente al Mediterráneo, fue el teatro de los últimos ocho años de su vida. Allí construyó una corte y creó una de las bibliotecas más ricas del siglo XV, con volúmenes de teología, filosofía, arquitectura, medicina, alquimia, astrología y magia. Los “libros ocultos” de su colección le valieron acusaciones de hechicería y cultos demoníacos. Se decía que en su poder estaba el legendario Códice Imperial, un pergamino escrito por el propio Constantino cuya lectura helaba la sangre (y sacudía la fe). Guardado en una cánula de oro, era el secreto mejor custodiado de la Iglesia. Cuando Benedicto murió, nadie lo encontró.
En 1418, con 90 años, lo envenenaron con rejalgar, una mezcla de arsénico y azufre. El atentado lo organizó un cardenal al servicio de Martín V. Un médico hebreo lo trató con un compuesto que desde entonces se llamó «Pulveris Papae Benedicti». Pues, ¿sabes qué? Sobrevivió. Rodeado por tropas aragonesas, con el mundo entero reconociendo a otro papa, siguió gobernando desde el peñón. Siguió nombrando cardenales, y siguió firmando bulas. Murió el 23 de mayo de 1423. Tenía entre 94 y 95 años. Sus últimas palabras: «Papa sum». Un maquinarias.
Y después vino la profecía. Porque la profecía de Vicente Ferrer empezó a cumplirse. Sus restos fueron embalsamados y permanecieron en Peñíscola durante 7 años, venerados por el pueblo como si fuera un santo. En 1430 los trasladaron a Illueca, su pueblo natal. Allí reposaron en una urna de cristal y madera, custodiados por la familia Luna. Un extranjero italiano destrozó la urna intentando profanarlos… y el arzobispo de Zaragoza tapió la sala para protegerlos.
Siglos después, durante las guerras napoleónicas, soldados franceses saquearon el castillo de Illueca. Golpearon la momia. Arrojaron los huesos al río Iruela. Antes, dejaron que unos niños jugaran con el cráneo. Labradores que trabajaban río abajo reconocieron el cráneo flotando y lo devolvieron a la familia Luna. Los demás huesos se perdieron para siempre. El cráneo pasó al palacio del Conde de Argillo en Sabiñán. La expresión “mantenerse en sus trece” probablemente le debe algo, por aquella insistencia en repetir “Papa sum et XIII” en su retiro a Peñíscola. El antipapa para los otros no cedió en su postura durante casi tres décadas. Un canonista más papista que los papas, empapado de su propia bula (papal).
Imágenes | Benedicto como San Pedro en una tabla de Juan Rexach / Edición propia
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La noticia
La mayor amenaza medieval para el Papa nació en un remoto pueblo aragonés. Gobernó desde Peñíscola hasta que lo envenenaron
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Isra Fdez
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