¿Cómo hacer frente a una ruidosa marabunta de turistas? A la española: haciendo más ruido e invadiendo los espacios que ellos mismos han invadido. En la plaza de la Catedral de Palma, mirador sobre el mar y epicentro fotográfico de los 13,6 millones de turistas que visitaron Mallorca el año pasado, cenar ya no es cosa de residentes.
Por eso Brunzit, un colectivo vecinal que “zumba” como abejas, decidió recuperarla a la fuerza más pacífica posible: llenándola de vecinos con tuppers. Cada miércoles, unas 500 personas montan un sopar a la fresca en plazas céntricas de la ciudad. El objetivo no es tanto molestar como reconquistar metros cuadrados que llevan años cedidos al foráneo. A plaça Major, que la llenaron ayer, se suman la plaça d’en Coll, la Seu, la plaza Llorenç Villalonga o el carrer Fàbrica, abarrotado el pasado fin de semana.
Expulsados. De la plaza de Cort los echaron: el conflicto estalló el 21 de julio, cuando Brunzit y los ateneos vecinales de Canamunt denunciaron que el Ayuntamiento comunicó solo dos días antes del acto que no autorizaba la cena allí, pese a haber tramitado el permiso en mayo y tener ya mesas y sillas colocadas días antes.
Cort se defendió alegando que en 2026 ya se habían celebrado 89 actos en esa plaza, uno más que en todo 2025, y ofreció alternativas en Llorenç Villalonga, Llorenç Bisbal o d’en Coll; la respuesta vecinal fue una concentración de 200 personas que denunció la doble vara de medir del consistorio: «para turistas sí hay permiso, para nosotros no». La patronal CAEB pidió formalmente que las cenas no obliguen a los bares a retirar sus terrazas por pérdida de actividad económica.
Cenar como acto político. El año pasado eran poco más de 200 vecinos. Este han sido más de 500. Pau Riera, portavoz de Brunzit, lo explica sin rodeos: el aumento de terrazas y negocios orientados al turista ha «expulsado a los residentes» del centro. En sus vecinos de Barcelona, la superficie ocupada por terrazas pasó de 44.496 a 75.802 metros cuadrados entre 2019 y 2023, un salto del 70%, con 6.501 licencias activas frente a las 4.217 previas a la pandemia.
Y sí, el Ayuntamiento multó a 1.173 terrazas por pasarse de metros, pero el negocio se expande más rápido y más lejos que la normativa. En Madrid pasó lo mismo: la revisión de la ordenanza de 2013 en 2023 contempla 6.472 terrazas, 63.800 mesas y 204.959 sillas , pero se incumple constantemente según varias asociaciones. Ese espacio que antes servía para sentarse gratis, ahora se alquila ahora por mesa y silla. Así que cuando los vecinos de Palma intentan ocupar ese mismo suelo sin pagar consumición, los restauradores afectados presionan al Ayuntamiento para frenarlo. ¿Significa eso que un espacio público tiene dueño privado?
La calle como terapia contra la soledad. Detrás de estas cenas hay terapia colectiva. Lo dice la propia asociación. El 20% de los mayores de 75 años en España sufre soledad no deseada, y entre los viudos de más de 70 años, el 82% son mujeres. La pérdida de convivencia —hijos que emigran, parejas que mueren— empuja a mucha gente mayor al aislamiento.
No ignoremos el vínculo bidireccional entre soledad y salud mental. Sentarse cada semana en una plaza con vecinos, compartir plato y conversación, funciona como un antídoto que no tiene lista de espera. No es casualidad que estas cenas hayan cuajado justo entre generaciones que recuerdan cuándo la plaza era gratis y de todos.
Vivir fuera de casa. En torno al Mercado Maravillas de Madrid un día pregunté: “¿por qué hay tanta gente en la calle?”. La respuesta fue la misma que en la cena vecinal de Palma, que se celebra como «recuperación del espacio público» y «resistencia comunitaria». El sociólogo Ubaldo Martínez Veiga acuñó el concepto de «aglomeración compensatoria» para explicar por qué las trabajadoras del hogar dominicanas llenaban las calles de Madrid los fines de semana.
Una investigación etnográfica sobre inmigrantes latinoamericanos de origen andino en los parques de Madrid confirma el patrón: hay una resignificación deliberada del espacio público, que se convierte en sala de estar colectiva y punto de encuentro dominical. Otro ejemplo lo podemos encontrar en Gelsa (Zaragoza): con 960 habitantes censados, el Ayuntamiento convocó unvendo de “salir a la fresca”; esperaban 200 personas y apareció el 40% del pueblo. Compraron 250 helados y tuvieron que pedir más. Si las plazas son de todos, ¿por qué no “habitarlas”?
Baleares, la olla a presión. La plataforma Menys Turisme, Més Vida, que agrupa a más de 60 entidades, llevó a entre 25.000 y 70.000 personas —según policía u organizadores— a las calles de Palma el 26 de julio bajo el lema «Mallorca al límite». Semanas después, otras 2.500 personas replicaron la protesta en Sóller. Las peticiones incluyen prohibir la compra especulativa de vivienda por fondos de inversión, eliminar el alquiler vacacional y limitar el acceso a espacios naturales.
Detrás de cada plaza que los vecinos reconquistan hay, casi siempre, un piso vacío convertido en apartamento turístico. El estudio de referencia sobre Airbnb en Barcelona calculó que un aumento de 100 anuncios en un barrio eleva el alquiler un 1,9% y el precio de compraventa hasta un 5,3%, con subidas de hasta el 19% en los barrios con mayor concentración. Un trabajo más reciente sobre desplazamiento poblacional en Madrid y Barcelona confirma con regresión cuantílica que los barrios que más población pierden son, sistemáticamente, los que más pisos turísticos concentran.
Dejar de vivir. El concepto «muro invisible» lo cuantifica: por cada 100 anuncios de vivienda completa, dejan de mudarse al barrio unas 50 personas al año, con un sesgo de clase que bloquea especialmente a quienes no tienen estudios universitarios. Ecologistas en Acción documentó sobre pisos turísticos que expulsan a familias residentes; en cascos históricos, un tercio de la vivienda ya es de uso turístico y no residencial, con subidas de alquiler del 18,4% en el centro de Madrid y del 12,6% en Ciutat Vella.
La media ha seguido subiendo, siguiendo la vieja previsión de Carmena, quien ya alertó de que en el barrio de Sol la población turística flotante equivalía al 178% de la población residente. El Atlas de la Turistificación situaba en un 70% el riesgo de expulsión de los vecinos del centro de la capital. Sopar a la fresca suena de maravilla, pero tiene que quedar gente que pueda hacerlo.
Imágenes | Flickr
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La noticia
Hartos de tanto turista, a los vecinos de Palma se les ha ocurrido un inusual método para molestarlos: llenar las plazas
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Isra Fdez
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