Xataka – Álava recupera los grabados de Goya que cobró como deuda al dueño de Cegasa

Doscientas láminas de Francisco de Goya cuelgan hoy en el Museo de Bellas Artes de Álava. Pero nadie las compró, sino que Hacienda las embargó (en cierto modo) a un fabricante de pilas que amasó una de las colecciones de arte más discretas del País Vasco y luego se quedó sin avales para salir adelante. La historia mezcla un paraguas, transistores de radio, una quiebra industrial y el patrimonio del mejor pintor de la historia de España. ¿O eres más de Velázquez?

De paraguas a pilas. Tximist —»rayo» en euskera— nació en 1934 en Oñate y se convirtió en el primer fabricante de pilas de España (y uno de los primeros de Europa). También ahí nació en 1920 Juan Celaya, «Juanito Zelaia» para los suyos, hijo de un nacionalista exiliado en Chile tras la Guerra Civil. En 1959 entró en la empresa que su padre fundó junto a otros dos industriales guipuzcoanos, Emparanza y Galdós. Fabricaban paraguas, negocio lógico en una región donde llueve casi todo el año. El giro decisivo llegó poco después, cuando saltaron a las pilas, el producto que todo hogar necesitaba para escuchar la radio.

Y a CEGASA. En 1954, la empresa pasó a llamarse Celaya, Emparanza y Galdós S.A., (Cegasa por sus siglas), que sería marca comercial en 1983. Juan Celaya no controló el grupo en solitario desde el principio: hasta 1995 compartió capital con la familia Emparanza, a la que compró el 37,5% de las acciones por 1.000 millones de pesetas, consolidando así un control total sobre una compañía que llegó a facturar 13.000 millones de pesetas anuales en los noventa.

Celaya se instaló en Vitoria en 1964, atraído por el suelo barato y las ventajas fiscales que ofrecía la ciudad. Levantó su casa en Larrinzar, un caserío hoy despoblado rodeado de 500 ovejas. Allí, mientras impulsaba las ikastolas y financiaba la primera expedición vasca al Everest —sus linternas contribuyern a una de las expediciones más épicas de los 70—, fue construyendo su colección privada de arte.

La gran recesión. EN 2008, la competencia asiática y la caída de ventas llevaron a la empresa a un ERE de 240 empleados. En marzo de 2014, aunque todavía facturaba 124 millones de euros al año, se declaró en concurso de acreedores. El fondo de capital riesgo Sherpa se embolsó el negocio de pilas, energía y manganeso por 2,5 millones de euros, y otros 320 trabajadores fueron despedidos en el proceso.

La marca, sin embargo, resucitó: reconvertida en Cegasa Energía, hoy fabrica baterías de ion-litio para autoconsumo fotovoltaico y compite directamente contra los gigantes chinos del almacenamiento energético. En el momento del apagón tenían “35 gigavatios de solar y 35 gigavatios de eólica instalados en España”. Pero Celaya murió en 2016, con 95 años, soltero y sin descendencia, viendo desmoronarse el imperio industrial que había levantado.

Y la gran deuda. Hacienda permite liquidar deudas fiscales con patrimonio, cuando existe «un interés superior» para la administración. Y Cegasa había acumulado una deuda fiscal millonaria con la Hacienda de la Diputación Foral de Álava. Dación en pago fue la solución ante la colección de arte acumulada bajo la Fundación Juan Celaya. Tras informes y peritajes, en 2022 se hizo efectiva la operación por 4,3 millones de euros en obras de arte, entre ellas las cuatro grandes series completas de grabados de Goya. El de Fuendetodos, (Zaragoza, 1746), al fin y al cabo, también fue un pintor de deudas. 

Eso sí, en las daciones siempre hay que comprobar qué impuestos genera la operación: IRPF o Impuesto sobre Sociedades para quien entrega el inmueble, IVA o ITP-AJD según quién lo transmita y las características del inmueble, y, en su caso, la plusvalía municipal (IIVTNU), que es el impuesto del ayuntamiento sobre el eventual incremento de valor del terreno urbano desde su adquisición. Lo importante es que no necesariamente se pagan todos esos impuestos, depende de cada caso.

Por qué esas piezas y no otras. Por completismo. «Primero, relacionarlo con las propias colecciones; tiene que ser algo que ayude a complementar aquellos huecos que sería imposible conseguir de otra manera», explicaba Sara González de Aspuru, la recien jubilada directora del museo tras 41 años de servicio. La colección de Celaya, construida por gusto personal durante décadas, mezclaba aciertos con obras menores, pero incluía pintura vasca de calidad —Zamacois, Díaz de Olano— y el imponente Tríptico de la guerra de Aurelio Arteta, apodado «el otro Guernica». 

Los grabados, sin embargo, son la joya. Los Caprichos (80 estampas, 1799) atacan la ignorancia y los abusos del clero. Los Desastres de la Guerra (82 planchas, 1810-1815) retratan esa violencia cruda que nos retrotrae a Gaza o Ucrania. La Tauromaquia (33 piezas, 1815-1816) desmontaba ya entonces el tópico festivo de los toros. Los Disparates (18 láminas, publicación póstuma) cierran con un delirio nocturno que ni los especialistas terminan de descifrar. La gran mayoría se lucen ahora en ‘Fantasía y Razón’, disponibles hasta febrero de 2027 en el Museo de Bellas Artes de Vitoria.

Un mecanismo extraño. El de Álava no es un caso aislado. Desde 1999, España ha saldado deudas fiscales por varios cientos de millones de euros en obras de arte, y entre 1998 y 2008 Hacienda recibió piezas de Goya, Picasso, Miró, Dalí o el Greco por valor de 200 millones de euros de grandes contribuyentes y empresas. Ferrovial entregó una Crucifixión de Juan de Flandes valorada en 7 millones. Abertis pagó con un Picasso de 5 millones. Inditex cedió 470 piezas de vestuario de Mario Fortuny. Caja Madrid llegó a entregar cuatro obras de Goya al Prado en un solo lote. El arte como moneda arquéa cejas pero relaja bolsillos.

Hay cierta esquizofrenia en que la obra de un pintor que denunció el hambre, la guerra y la crueldad humana termine circulando como activo para cuadrar cuentas. Se supone que Goya pintó el horror para que no se olvidara, pero también hace falta pragmatismo: sin presupuesto de adquisiciones desde 2019, la dación en pago es, para muchas pinacotecas españolas, la única vía real con la que hacer crecer una colección. La exposición tiene enfrente el palacio que alberga otro museo, y se construyó con capital de un esclavista alavés en Cuba. No en vano llaman a ese mamotreto de Agustín-Zulueta “El museo de las Feas Artes”. Pero esa es otra historia.

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Álava recupera los grabados de Goya que cobró como deuda al dueño de Cegasa

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Isra Fdez

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