Salir por la puerta y dejar a los niños con los abuelos o con una niñera para salir a tomar una copa puede ser algo que genere un sentimiento de culpa en muchos padres. Y es algo que tiene sentido, puesto que vivimos en la era de la crianza hiperconsciente, un modelo donde cada minuto cuenta y donde el ocio adulto sin hijos a menudo se percibe como un acto de egoísmo. Pero en realidad es mejor de lo que pensamos.
Criamos más. Hay un mito que se repite con bastante frecuencia que nos dice que las generaciones pasadas estaban mucho más presentes en la vida de sus hijos. Pero los datos cuentan algo diferente, puesto que, tras analizar miles de familias en 11 países, incluido España, las madres pasaron de dedicar 54 minutos diarios al cuidado de los hijos en 1965 a 104 minutos en 2012.
Y los padres dieron un salto aún mayor al pasar de los 16 a los 59 minutos. De esta manera, nunca hemos pasado tanto tiempo con nuestros hijos, y aun así, nunca nos hemos sentido tan culpables.
Está bautizado. Este fenómeno tiene nombre, que es maternidad intensiva. Un concepto acuñado en 1996 por la socióloga Sharon Hays y que describe un modelo de crianza que exige que todo gire en torno al niño, que sea emocionalmente absorbente, intensivo en esfuerzo y, tradicionalmente, cargado sobre los hombros de las mujeres.
La presión por encajar en este molde es tan fuerte que la culpa genera ansiedad, estrés y menor percepción de eficacia incluso en aquellas madres que rechazan intelectualmente este modelo.
Nos quemamos. Cuando la crianza se convierte en una carrera de fondo sin un descanso, aparece el síndrome de desgaste o burnout parental, como puede ocurrir en el trabajo, y que se relaciona con la exposición prolongada al estrés crónico de la crianza.
Y no hablamos de algo aislado, puesto que se ha visto cómo los países con culturas más individualistas lo sufren más, siendo Estados Unidos el líder con 8,4%, mientras que España se queda en un 3,2%. Algo que debe preocuparnos, puesto que las consecuencias de este agotamiento apuntan a que tiene un efecto directo y específico sobre la negligencia, el aumento de la violencia hacia los hijos y la ideación de huida o suicida en los padres, superando incluso al impacto del estrés laboral crónico en la aparición de conflictos de pareja.
No son los hijos. Un argumento clave para desmontar este sentimiento de culpa es entender que necesitar un rato de ocio no significa que no se soporta a los hijos. Aquí un estudio publicado en 2016 confirmó que los padres declaran niveles de bienestar mucho mayores cuando están haciendo actividades con sus hijos que cuando no, y ni mucho menos les genera rechazo. El problema es que las madres en particular acumulan mucha más fatiga y estrés que los padres por la merma en el tiempo que se pueden dedicar a ellas mismas y a las actividades que les gustan.
Y la solución aquí no pasa solo por tener una cita de noche cada cierto tiempo, sino que lo correcto es mantener una vida más equilibrada donde el ocio tenga un papel más protagonista.
Imágenes | Helena Lopes
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La noticia
Nunca habíamos dedicado tanto tiempo a nuestros hijos y, aun así, nos sentimos malos padres por salir a cenar sin ellos
fue publicada originalmente en
Xataka
por
José A. Lizana
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