Xataka – París ya ha vencido al ruido del tráfico, pero le falta lo más difícil: que los pájaros recuperen su canto original

El ruido es un contaminante invisible, pero sus efectos se dejan ver. Para empezar, el escenario sonoro natural cambia, altera el comportamiento de los animales y afecta a la salud de humanos y otras especies. Es cierto que en las ciudades la contaminación sonora suele quedar eclipsada por otras contaminaciones como la calidad del aire o del agua, pero sus consecuencias son igualmente tangibles. 

A principios de este siglo, estudios sobre aves urbanas desvelaron que el ruido causado por la actividad humana hace que los pájaros canten en frecuencias más altas para evitar el enmascaramiento del tráfico, una fuente de ruido de baja frecuencia.

Lo que ha conseguido París. Como recoge el paper publicado en Oxford Academic, la capital francesa lleva décadas luchando contra el ruido de forma directa como indirecta especialmente centrada en el tráfico que evidencia una transformación en su movilidad urbana: ha pasado de tener 250 kilómetros de carril bici en 2003 a 800 kilómetros en 2023 reciclando carriles de tráfico tradicional, con asfalto fonoabsorbente, bajando los límites de velocidad, la expansión de vehículos eléctricos y la instalación de cámaras acústicas capaces de detectar y multar a los vehículos más ruidosos (los famosos «radares Medusa«).

El resultado salta a la vista: la agencia gubernamental Bruitparif demuestra que París es hoy aproximadamente tres decibelios más silenciosa que hace casi 20 años (desde 2008). Puede que parezca poco, pero conviene recordar que la escala de decibelios es logarítmica y que en la práctica esa reducción representa aproximadamente la mitad de la intensidad sonora anterior.

Por qué es importanteLa OMS es clara: el ruido es el segundo factor de estrés ambiental más dañino para la salud en Europa (detrás de la contaminación del aire) y una exposición prolongada a este aumenta el riesgo de isquemia cardíaca, hipertensión y trastornos del sueño en humanos. La Agencia Europea de Medio Ambiente detalla en su informe de 2025 que el ruido contribuye a 49.000 nuevos casos de cardiopatía isquémica al año en el continente. La prestigiosa The Lancet constata en este paper que el ruido nocturno causa fragmentación del sueño, lo que eleva la presión arterial y a largo plazo, daña el endotelio.

Si nos ceñimos a las aves y su canto, es algo así como el lenguaje humano: se transmiten culturalmente de generación en generación y los cambios en el canto también se aprenden por los individuos de la misma especie del entorno. Pero va más allá de cambiar un sonido: afecta a su capacidad de atraer pareja, avisar de peligros, defender el territorio o simplemente comunicarse. Y ojo porque esto también afecta a otras especies como las ballenas por culpa del ruido de los barcos o los murciélagos. Este otro estudio publicado en Proceedings of the Royal Society B que analiza 160 especies de aves desde 1990 encontró que el ruido impacta de forma significativa en la comunicación, los comportamientos de riesgo, la alimentación, la agresividad y la fisiología, con un efecto negativo claro sobre la reproducción.

Contexto. El Plan de Prevención del Ruido en el Medio Ambiente de París busca transformar la capital gala en una ciudad más habitable, convirtiéndose en un laboratorio vivo donde la planificación urbana y la sensórica se combinan para tratar de frenar el impacto de décadas de degradación acústica por la dependencia del automóvil. 

Para el estudio de los pájaros parisinos el carbonero común es el centinela, usando grabaciones de sus cantos tanto en el centro de París como en el bosque de Fontainebleau como referencia silvestre. Esta observación no es nueva: ya en 2006 un estudio demostraba que los carboneros que cantan bajo la torre Eiffel lo hacían con una frecuencia mínima 400 Hz más alta que los que cantaban en el bosque de Fontainebleau. Este patrón se ha replicado en otras ciudades y especies y el resultado es el mismo: lo habitual es que las aves aumenten la frecuencia mínima del canto como respuesta al ruido urbano. 

La asignatura pendiente. A pesar de que el ruido ha bajado, los carboneros de París continúan cantando con frecuencias mínimas significativamente más altas que los pájaros no urbanos y estas frecuencias no han ido bajando de la mano de la reducción del ruido. La explicación, según el equipo de investigación, es el mecanismo cultural: los pájaros jóvenes aprenden a cantar imitando a los adultos de su entorno y durante décadas los únicos adultos disponibles para enseñarles cantaban agudo porque era la única forma de hacerse oír. Ahora la ciudad es más silenciosa, pero no hay profesores que canten grave para aprender. El hábito persiste aunque la causa original haya disminuido. 

San Francisco en el COVID-19 marca el camino: durante la pandemia el ruido de fondo se redujo unos siete decibelios y el gorrión de corona blanca respondió cantando a frecuencias más bajas. La naturaleza está hablando alto y claro: la reducción conseguida por París es real pero insuficiente.

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Portada |  Noureddine BOUABDALLAH y Alexander Kagan 


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París ya ha vencido al ruido del tráfico, pero le falta lo más difícil: que los pájaros recuperen su canto original

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Eva R. de Luis

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