En el océano Atlántico Norte, frente a la costa sur de Islandia, hay una edificación solitaria enmarcada en un entorno de postal cuya imagen probablemente te suene porque ha sido fotografíada hasta la saciedad: se trata de una pequeña casa blanca y sola plantada en medio de un peñón, rodeada de una hierba de color verde intensa y unos acantilados verticales que dejan ver un mar bravo y unas majestuosas montañas nevadas de fondo. Por supuesto, la casa y la isla existen: no es un montaje.
A menudo se refieren a ella como «la casa más solitaria del mundo» y en torno a ella hay leyendas como que la cantante Björk vivió allí, que vivía un ermitaño religioso y hasta que fue idea de un multimillonario para huir allí ante un eventual apocalipsis zombie (todo falso). Y una cosa es cierta: aunque lo de la casa más solitaria del mundo suena a algo exagerado y difícilmente mesurable, en la práctica se le aproxima. Si no es la más aislada, poco le falta. Eso sí, la realidad en torno a ella es mucho más modesta y sin embargo interesante: es una cabaña de caza, hoy en desuso.
Una casa en medio de la nada. Porque técnicamente no es una casa, sino un refugio de caza que construyó la Asociación de Caza de Elliðaey en 1953 para dar cobijo a sus miembros durante las temporadas de caza del frailecillo, un pájaro de lo más pintoresco que anida en la isla. En 2017 un islandés llamado Bjarni Sigurdsson se acercó hasta allí para documentar qué había en un vídeo y la verdad es que el inventario es bastante modesto y funcional: literas, una sala de una mesa larga de madera con sillas, cocina, radio, velas, nevera… vamos, un refugio de montaña escandinavo.
El refugio no tiene conexión eléctrica a ninguna red eléctrica exterior ni agua corriente, ni fontanería ni por supuesto internet. El agua llega de un sistema de agua de lluvia y la energía procede de gas propano que hay que llevar hasta allí. Eso sí, como buenos islandeses, cuenta con su sauna. Lo mejor del mundo después de estar varias horas expuesta al frío viento polar del atlántico. Como curiosidad, en la isla hay otra construcción más antigua y mucho más pequeña, probablemente usada como almacén por equipos de investigación que estudiaban la naturaleza del lugar.
Donde Cristo perdió el mechero. La edificación está en Elliðaey , la isla más nororiental del archipiélago Vestmannaeyjar (llamadas Islas Vestman o Islas Westman), a unos ocho kilómetros de la costa sur de Islandia. El archipiélago lo componen 18 islotes de origen volcánico originados en los últimos 12.000 años, lo que en términos geológicos los convierte en territorio «recién nacido». La isla más grande y la única habitada en la actualidad es Heimaey, con unos 4.400 habitantes. Desde allí en días despejados se puede ver Elliðaey.
Con apenas 45 hectáreas, para que nos hagamos una idea Elliðaey tiene una extensión parecida a la del Vaticano. Y sus acantilados casi verticales, su meseta inclinada y la ausencia de cualquier puerto o zona de atraque hacen que llegar hasta allí sea impracticable: hay que saltar desde una embarcación y escalar después para llegar a la pradera, como documenta la excursión de Bjarni Sigurdsson. Esta guía turística de Islandia refleja la dificultad de llegar hasta allí por su ubicación remota, la falta de puerto y la protección que le brinda el gobierno islandés, ya que está catalogada como área protegida.
La isla está abandonada. Hoy no vive nadie allí, pero Elliðaey no siempre estuvo vacía. El libro «Guía de Aventuras de Islandia» se menciona que antaño existían campamentos de pesca dispersos por toda la isla y que llegó a haber hasta tres granjas, de modo que vivían 17 personas y 258 ovejas y hasta vacas. Este censo fue descendiendo hasta el siglo XX: en 1920 había solo cinco personas y más o menos en ese periodo Olafur Jonsson y su familia se convirtieron en los primeros criadores de zorros de las islas.
Un ciclo de ocupación precaria, dependiente del mar y del clima que fue agotándose lentamente. Finalmente, en los años 30 quedó deshabitada. Dos décadas después, la Asociación de Caza construyó el refugio. Ese vacío entre el último habitante y la cabaña blanca es, quizás, lo que le da a la imagen ese carácter tan particular: no es una casa abandonada ni una casa nueva, sino algo intermedio, un lugar que una vez fue humano, dejó de serlo, y volvió a serlo de la forma más minimalista posible.
Para qué sirve hoy. Ya hemos visto la función concreta y poco glamourosa de la caseta para la que fue construida: es una base de caza para el frailecillo. La caza del frailecillo es una tradición centenaria en las Islas Vestman, donde el ave ha sido históricamente una fuente de alimento y sigue practicándose de forma regulada.
Eso sí, las poblaciones de frailecillo llevan años en declive en varias zonas de Islandia por el cambio en las condiciones oceánicas y la reducción de su fuente de alimento, por lo que la caza cada vez es más residual. Snopes concluye que no está claro que los cazadores sigan usando el refugio y no hay rastros de caza. En la práctica, hoy probablemente sea más un reclamo turístico que un refugio de caza.
La historia de Björk. Que la cantante islandesa viva allí o que incluso sea de su propiedad es uno de los rumores más extendidos porque bueno, el primer ministro de Islandia sembró la semilla: la isla era (y es) propiedad del estado, pero el entonces máximo dirigente Davíð Oddsson declaró que estaba dispuesto a regalarle la isla y construirle una casa para que Björk viviera allí sin pagar alquiler como muestra de gratitud por su labor en beneficio del país y sus gentes. Eso sí, la isla no era «nuestra» Elliðaey (la de la «la casa más solitaria del mundo»), sino otra Elliðaey, que está en Breiðafjörður. Según el Irish Examiner, la cantante rechazó la oferta de la isla porque no quería que su hogar se convirtiera en una atracción turística.
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Portada | Hansueli Krapf
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La noticia
La «casa más aislada del mundo» no es de Björk ni falta que le hace: tiene una historia tan mundana que es fascinante
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Eva R. de Luis
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