A Nazario Eguía y Sáenz de Buruaga (1777-1865) lo recordamos por su carrera política y militar, lo que le valió incluso el título de conde de Casa Eguía, pero si en algo fue pionero (a su pesar) este vizcaíno de férreas convicciones absolutistas fue en otra cosa: las cartas-bomba. En octubre de 1829 Eguía se encontró con un sobre en su despacho de Santiago de Compostela que reventó según le despegó la solapa, lo que le causó más de una docena de heridas, algunas muy graves.
Que se sepa aquella fue la primera carta-bomba de la historia y su origen (o al menos eso se sospecha) hay que buscarlo en una farmacia de Vigo.
«Excesivamente duro». Nazario Eguía iba para clérigo, pero la guerra se le cruzó en el camino. Con 16 años abandonó los estudios eclesiásticos, empuñó las armas contra las tropas francesas y empezó una fulgurante carrera militar que le llevó a servir a las órdenes de Wellington, ascender a Mariscal de Campo antes de los 37 años y ocupar el cargo de capitán general de Galicia. Andado el tiempo incluso lo nombrarían conde y se distinguiría como un destacado carlistas.
Además de por sus éxitos en el campo de batalla, Eguía era conocido por su dureza, lo que entre otras cosas le granjeó el odio de los liberales mientras ejerció de capitán general de Galicia. Como explica la biografía que le dedica la Sociedad de Estudios Vascos, hacía gala de un carácter «excesivamente duro». Y eso acabó generándole no pocos enemigos. Entre ellos algunos con conocimientos químicos y una pericia asombrosa a la hora de montar bombas casi indetectables.
«Del Rey, para el general Eguía». El suceso ocurrió la mañana del 29 de octubre de 1829 en el palacio de Santa Cruz de Santiago de Compostela, donde Eguía tenía su despacho. El militar estaba repasando la correspondencia con su ayudante cuando un paquete llamó su atención. El pliego en cuestión procedía de León y venía envuelto en tres sobre distintos. Los dos primeros se encargó de abrirlos el asistente, pero al llegar al tercero se encontró con una nota:
«Reservadísimo. Del Rey para el general Eguía».
El militar, un absolutista acérrimo, no resistió la tentación: cogió la carta de manos de su ayudante, se fue a su mesa, pasó el índice por una de las dobleces y rompió el sobre. Error. «En el mismo instante se oyó una fuerte detonación. La mesa saltó en pedazos y el general y la silla rodaron por los suelos», detalla el escritor Manuel Curros Enríquez (1852-1908) al recordar lo ocurrido aquella mañana. «Cuando se levantó tenía una de sus manos destrozadas».
«Una espantosa detonación». El de Curros no es el único relato que nos permite hacernos una idea de cómo de grave fue la explosión. Otro testimonio, incluso más valioso, lo aportó el secretario de Eguía: “Una espantosa detonación y la sorpresa dejó como petrificados a los circunstantes, cuyo asombro creció al ver a su general vertiendo sangre del rostro […] y observar la levita que tenía puesta, derrotada por las boca-mangas y parte que cubría el vientre».
El periodista e historiador Eduardo Rolland recuerda que la prensa gallega llegó a explicar cómo la deflagración dejó una mancha de sangre en el techo del palacio que todavía podía contemplarse varios meses después del atentado.
Resultado: 13 heridas. No solo tenemos una idea precisa de cómo fue la deflagración. Sabemos también cómo era la bomba y el efecto que tuvo en su víctima. Con respecto a lo primera, la carta llevaba pólvora mezclada con arsénico y vidrio machacada, una combinación pensada para causar el máximo daño.
En lo que se refiere al capitán general, salió vivó de puro milagro. Las crónicas cuentan que sufrió 13 heridas, algunas muy graves, repartidas por rostro, vientre y muslos. La peor parte se la llevaron las manos. La derecha quedó tan reventada que los médicos tuvieron que amputársela. En la izquierda perdió dos dedos. Tan mal parado quedó que el Gobierno tuvo que concederle una dispensa especial para que pudiera firmar documentos con ayuda de una estampilla.
¿Quién fue el autor? Parece que Eguía no tenía muchas dudas. El relato de Curros (no exento de épica) asegura que tras la explosión el capitán proclamó que aún le quedaba una mano «para ahorcar al culpable» y luego citó a su principal sospechoso: «¡Nadie más que Chao es capaz de inventar obra tan perfecta!».
El tal Chao era ni más ni menos que José María Chao, químico, farmacéutico y sobre todo un liberal militante. Sabemos que era oriundo de Leiro (provincia de Ourense), que llegó a participar en escaramuzas durante el Trienio Liberal y que hacia 1826 montó una farmacia en lo que hoy es el casco histórico de Vigo, una botica que acabó convirtiéndose en una referencia para los liberales obligados a adaptarse a la Década Ominosa y la represión bajo el reinado de Fernando VII.
La gran duda. ¿Fue realmente Chao el creador de la primera carta-bomba conocida? Desde luego no es extraño que Eguía sospechase de él. Además de sus conocimientos químicos, en octubre de 1829 Chao acababa de salir de prisión y se dice que su farmacia era un foco de conspiradores. Cierto que el paquete bomba se había enviado desde León, pero eso pudo ser una estratagema para engañar a las autoridades. Una cosa son sin embargo los indicios y otra las pruebas.
No todas las fuentes coinciden sobre si el ataque llegó a esclarecerse y se confirmó la autoría de Chao. La biografía que la Real Academia de Historia (RAH) dedica a Eguía asegura que, si bien se sospechó de los liberales, «no se pudo descubrir a los autores». La Voz de Galicia asegura sin embargo que el boticario no pudo librarse de un castigo y Rolland va más allá y desliza que en 1873 Chao quedó señalado «inequívocamente» como autor de la misiva.
¿La primera carta-bomba de la historia? Lo que seguramente no se imaginaban ni Eguía, ni Chao, ni ninguno otro de sus coterráneos, estuvieran o no implicados en el atentado, es que aquella misiva anónima de 1829 marcaría un capítulo funesto. Que se sepa fue la primera carta de su tipo. Así aparece citada a menudo en medios generalistas y especializados y así lo sostiene el investigador Salvador Bofarull, que sitúa en Galicia el origen del terrorismo postal.
Desde luego el pliego que dejó manco al capitán general se adelantó en ocho décadas a la carta explosiva enviada en 1910 por Martin Eckenberg y en casi un siglo y medio a la cadena de atentados postales de Ted Kaczynski, más conocido como Unabomber. Antes, eso sí, hubo quien ya probó a hacer daño a sus víctimas con ayuda de paquetes mortales. A comienzos del XVIII de hecho el mismísimo conde de Oxford recibió una caja con un contenido inusual: pistolas cargadas y amartilladas con cuerdas, listas para dispararse según se sacara la tapa.
Imágenes | rc.xyz NFT gallery (Unsplash), Wikipedia y Joachim Schnürle (Unsplash)
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La noticia
La primera carta bomba se fabricó en una farmacia de Vigo y le estalló en las manos al capitán general de Galicia en 1829
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Carlos Prego
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