El vídeo difundido hace unas horas por Donald P. Mitchell parece una escena concebida para una película sobre el infierno: varios drones sobrevuelan a baja altura una trinchera mientras derraman sobre ella una lluvia de material incandescente que prende el terreno a su paso. Pero es un ejercicio militar en Ucrania, y estos modelos son una de las iteraciones más perturbadoras de una guerra que lleva años convirtiendo pequeños drones comerciales en armas. Contemplar la pieza visual desde fuera provoca una sensación que los soldados conocen desde hace más de un siglo: la de descubrir, en mitad de una guerra, que acaba de aparecer una tecnología para la que todavía no tienes una respuesta.
Cuando la guerra cambia demasiado rápido. La Primera Guerra Mundial fue el gran laboratorio de esa sensación. Los ejércitos entraron en 1914 y terminaron combatiendo en un escenario industrializado dominado por artillería pesada, ametralladoras, aviación, lanzallamas, gases venenosos y finalmente vehículos blindados capaces de atravesar el terreno que mantenía atrapados a millones de hombres en las trincheras.
El ejemplo más brutal llegó en Ypres el 22 de abril de 1915: Alemania abrió miles de cilindros y liberó más de 160 toneladas de cloro que avanzaron formando una nube verdosa hacia unas tropas que apenas entendían qué estaban viendo. Hubo pánico y confusión, después llegaron las primeras protecciones improvisadas, las máscaras y finalmente respiradores cada vez más sofisticados. Un año más tarde, apareció otra criatura desconocida: el tanque entró por primera vez en combate en septiembre de 1916. La tecnología obligaba al soldado a aprender nuevas formas de sobrevivir mientras ya estaba combatiendo.
Fotografía que muestra a tropas alemanas liberando gas venenoso de bidones durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918)
Lo que más miedo da no es lo que más mata. Ahí aparece un paralelismo especialmente interesante con Ucrania. El gas se convirtió en uno de los grandes símbolos de horror de la Primera Guerra Mundial, y el gas mostaza, introducido posteriormente, añadió quemaduras y lesiones oculares a aquel repertorio. Ocurre que las armas químicas nunca fueron la herramienta decisiva que inicialmente se temió: las contramedidas evolucionaron y su eficacia disminuyó.
El Imperial War Museums recuerda que el gas siguió siendo, sin embargo, una extraordinaria arma psicológica. El simple aviso obligaba a ponerse máscaras, alteraba las operaciones y mantenía permanentemente presente la posibilidad de una muerte invisible. Con los primeros tanques ocurrió algo parecido: eran máquinas nuevas y aterradoras, pero también lentas, incómodas y mecánicamente poco fiables.
Una fila de soldados británicos heridos durante un ataque alemán con gas en la batalla de Estaires en abril de 1918, durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918)
El dragón de Ucrania. Un siglo después, la tecnología es distinta pero la imagen vuelve a resultar desconcertante. Ucrania comenzó a mostrar públicamente sus drones dragón en septiembre de 2024: cuadricópteros modificados para transportar termita, una mezcla generalmente basada en aluminio y óxido de hierro cuya reacción genera temperaturas de hasta unos 2.200 ºC. El aparato vuela lentamente sobre el objetivo mientras va liberando el compuesto encendido, produciendo esa característica cascada blanca que parece metal fundido.
La idea resulta además inquietantemente sencilla. Le Monde pudo ver un montaje en el que la carga y su sistema de ignición habían sido incorporados a un dron mediante una modificación relativamente artesanal. Era tan reproducible que los analistas ya entonces daban por hecho que Rusia podría copiarla.
Cómo prender fuego al escondite. La termita resolvía un problema muy específico del frente ucraniano. Las líneas de árboles que separan los campos ofrecen cobertura para tropas, vehículos, depósitos y equipos que intentan ocultarse de los ojos que permanentemente sobrevuelan el campo de batalla. Los drones dragón permiten recorrer esas franjas desde arriba, quemar la vegetación, atacar material oculto y provocar incendios o explosiones secundarias.
Le Monde documentó el caso de una unidad rusa que afirmó haber perdido equipos, armas, municiones, vehículos y generadores tras uno de estos ataques. Eso no convierte al dron en un arma milagrosa, porque su mayor utilidad aparece cuando forma parte de una cadena en la que descubre o degrada una posición y después entran en juego la artillería y las tropas que intentan ocuparla.
El miedo como arma. El efecto físico y psicológico tampoco parecen pesar lo mismo. Nicholas Drummond, antiguo oficial británico y analista militar, explicaba a CNN que estos drones constituyen una capacidad de nicho y que su impacto probablemente sea “más psicológico que físico”, y otros especialistas han llegado a conclusiones similares.
Tiene lógica cuando se contempla desde una trinchera: el soldado ya vive bajo la amenaza de pequeños FPV capaces de observarlo, perseguirlo y explotar contra él, pero el dron dragón añade la posibilidad de que el propio refugio empiece a arder desde arriba. Incluso mandos ucranianos han reconocido posteriorment que pueden emplearse varios aparatos sobre un mismo tramo sin conseguir efectos apreciables si nada prende. La imagen, qué duda cabe, puede ser infernal, aunque el resultado táctico sea más bien modesto en la mayoría de casos.
No es el dron, es aprender a sobrevivir otra vez. Ahí es donde el vídeo de Mitchell deja de ser simplemente una colección de imágenes espectaculares. Posiblemente sea exagerado decir que los drones dragón son los nuevos tanques y la termita el nuevo gas mostaza, pero se repite el mismo patrón de cada guerra: la experiencia de estar dentro de una cuya tecnología evoluciona más deprisa que las certezas de quienes combaten en ella. En 1915 hubo soldados que tuvieron que aprender qué hacer cuando una nube venenosa entraba en su trinchera. Después aprendieron a convivir con máscaras, artillería, aviones y tanques.
En Ucrania llevan años haciendo lo mismo con drones de reconocimiento, FPV suicidas, interceptores y ahora aparatos capaces de arrojar fuego sobre sus posiciones. Visto desde fuera parece ciencia ficción. Para quienes están debajo, es simplemente la siguiente cosa de la que tienen que aprender a esconderse.
Imagen | X, Imperial War Museums, WH
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La noticia
El nuevo escenario de la guerra es un infierno: ya sabemos lo que sentían los soldados en la Primera Guerra Mundial
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
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