El 23 de marzo de 1911, un barco de vapor con 122 personas a bordo desapareció frente a las costas de Queensland (Australia) sin dejar rastro: no sobrevivió nadie ni tampoco se pudo recuperar ningún cuerpo. Solo hubo una excepción: la del cuerpo de un caballo de carreras que viajaba en bodega. En los 98 viajes que había realizado anteriormente, el SS Yongala tenía una reputación intachable, según el archivo oficial del gobierno de Queensland.
Qué pasó. A modo de presentación, el SS Yongala se construyó en los astilleros ingleses para la Adelaide Steamship Company: tenía 109 metros de eslora y servía tanto para transportar personas como carga. Ese fatídico viaje 99, partió desde Mackay con destino Townsville, pero nunca llegó: un ciclón tropical lo borró del mapa.
Llevaban menos de una hora de viaje cuando la estación de señales de Flat Top Island emitió una alerta sobre un ciclón en ciernes entre Mackay y Townsville, pero el SS Yongala no tenía instaladas las comunicaciones pertinentes para recibirla, así que navegó sin saberlo. La última vez que alguien lo vio fue el farero de la isla Dent, que lo vio pasar a las 18:30 horas.
Parecía que la Tierra se lo había tragado. Como el barco no llegaba, el gobierno de Queensland organizó una misión de búsqueda formada por siete embarcaciones: aparecieron restos de la carga entre Hinchinbrook Island y Bowen, pero del pecio, nada. Las autoridades ofrecieron una recompensa de mil libras esterlinas a cambio de información (rondaría los 150.000 euros actuales), pero nada. De hecho, hasta hoy no se han encontrado supervivientes más allá del cuerpo del caballo Moonshine.
En junio de 1911, una Comisión de Investigación Marítima estudió el caso y exoneró de culpa a su capitán, el experimentado William Knight, y a la tripulación de la desaparición del barco. La investigación determinó que no era posible saber la causa exacta del naufragio y que: «el destino del Yongala escapa al entendimiento humano y entra en el terreno de la conjetura, sumándose así a la larga lista de misterios del mar».
Entonces llegó la Segunda Guerra Mundial. En 1943, en plena contienda bélica, un buque militar diseñado para buscar minas detectó algo frente a Cape Bowling Green. En 1947, el buque hidrográfico HMAS Lachlan confirmó mediante ecosonda que lo que allí había probablemente era un pecio de gran tamaño.
Hubo que esperar a 1958, cuando el pescador local Bill Kirkpatrick y el buzo alemán George Konrat se juntaron para investigar un sitio prometedor situado a 16 metros de profundidad. Tres visitas después, Konrat lo encontró y un grupo de investigación subacuática de Queensland resolvió todas las dudas al recuperar la caja fuerte, cuyo número de serie coincidía con el asignado al SS Yongala. Misterio resuelto.
De barco de vapor a arrecife artificial. El pecio está situado a unos 89 kilómetros al sureste de Townsville, en pleno Parque Marino de la Gran Barrera de Coral: allí hay más de 120 especies de peces diferentes, además de tiburones, tortugas o mantarrayas que habitan una estructura casi intacta en un entorno protegido. Un auténtico caramelito para los más de 10.000 buceadores que lo visitan cada año.
El barco que sufrió dos ciclones. Casi un siglo después de hundirse por un ciclón, el Yongala se enfrentó a otro: en febrero de 2011 llegó el ciclón tropical Yasi, de categoría 5. Como documenta el Museo de Queensland en su exposición «SS Yongala: A Tale of Two Cyclones» los primeros buceadores que volvieron allí tras la tormenta se encontraron que buena parte de la vida marina que había cubierto el casco a lo largo de los años había sido arrancada, dejando el barco desnudo y con un aspecto similar al que tuvo cuando justo se hundió.
Eso sí, los efectos fueron tan fuertes que la proa apareció desfigurada y quedaron al descubierto partes que habían estado ocultas, como el eje de la hélice de la popa o el motor. Después, con el paso del tiempo, corales y esponjas han vuelto a cubrir su estructura.
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La noticia
Cuando el Yongala se hundió en 1911, no dejó más rastro que el cuerpo de un caballo de carreras. Hoy es un arrecife lleno de vida
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Xataka
por
Eva R. de Luis
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