Xataka – La guerra en Oriente ha llegado a un acuerdo inesperado: uno donde EEUU no discute ni los misiles, ni las bombas ni el uranio de Irán

Durante la llamada “guerra de los petroleros”, un solo misil iraní contra un buque en el golfo Pérsico bastó para disparar el precio del petróleo y obligar a Estados Unidos a escoltar barcos civiles entre minas y ataques marítimos. Décadas después, el estrecho de Ormuz sigue teniendo la misma capacidad para poner nerviosa a toda la economía mundial en cuestión de horas.

La guerra que iba a destruir el programa nuclear iraní. La gran paradoja del posible acuerdo entre Estados Unidos e Irán es que la guerra comenzó oficialmente para frenar el programa nuclear iraní y podría terminar, al menos de momento, sin resolver prácticamente ninguno de los asuntos que justificaron el conflicto. Washington y Teherán están cerca de cerrar un entendimiento temporal centrado sobre todo en reabrir el estrecho de Ormuz, estabilizar el mercado energético y evitar una escalada regional todavía mayor, mientras cuestiones como los misiles balísticos iraníes, el enriquecimiento de uranio o el futuro del arsenal nuclear quedan aplazadas para negociaciones posteriores. 

La situación resulta especialmente llamativa porque Trump y Netanyahu habían presentado la ofensiva contra Irán como una oportunidad histórica para desmantelar definitivamente las capacidades militares estratégicas de Teherán. Meses después, Irán sigue conservando toneladas de material nuclear enriquecido, mantiene intacta gran parte de su capacidad misilística y además ha conseguido demostrar hasta qué punto puede amenazar el suministro energético global.

Estrecho de Ormuz

El verdadero centro de la negociación. El núcleo del acuerdo no gira alrededor de centrifugadoras, cabezas nucleares ni inspecciones internacionales, sino de una cuestión mucho más inmediata: reabrir el paso marítimo por el que circula aproximadamente una cuarta parte del petróleo mundial. La administración Trump ha terminado aceptando que la prioridad absoluta era desbloquear Ormuz antes de que el impacto económico comenzara a descontrolarse dentro y fuera de Estados Unidos. 

La posibilidad de una guerra prolongada con el petróleo disparado y la gasolina acercándose a niveles políticamente tóxicos empezó a preocupar seriamente a la Casa Blanca, especialmente de cara a las elecciones legislativas. El borrador negociado contempla un alto el fuego temporal de sesenta días durante el cual Irán retiraría minas del estrecho, permitiría el tráfico marítimo sin peajes y podría volver a vender petróleo con ciertas flexibilizaciones de sanciones estadounidenses. En otras palabras, Washington ha terminado negociando primero el flujo energético mundial y dejando para después exactamente aquello que supuestamente hacía inevitable la guerra.

La sorprendente cesión. Hasta hace apenas unos días, la administración estadounidense insistía en que no habría ningún acuerdo que no abordara desde el principio el programa nuclear iraní. Sin embargo, la realidad estratégica terminó imponiéndose sobre el discurso político. Funcionarios estadounidenses reconocen ahora que negociar el gigantesco entramado nuclear iraní en cuestión de días era simplemente imposible y que incluso el acuerdo nuclear de Obama necesitó casi dos años de conversaciones y cientos de páginas técnicas. 

El resultado es un cambio de tono extraordinario en Trump, que pasó de exigir la “rendición incondicional” iraní a hablar de una relación “más profesional y productiva” con Teherán. El problema para Washington es que este giro alimenta críticas tanto de los halcones republicanos como de sectores israelíes que consideran que Estados Unidos ha terminado cediendo presión precisamente cuando Irán estaba más debilitado económicamente.

Irán mantiene sus cartas. Aunque Washington asegura que Irán habría aceptado verbalmente discutir límites al enriquecimiento de uranio y posibles entregas de material nuclear altamente enriquecido, la realidad es que no existe todavía ningún compromiso sólido ni mecanismos claros para verificar esas concesiones. Teherán tampoco ha aceptado debatir seriamente restricciones sobre sus misiles balísticos, una cuestión fundamental para Israel y para los aliados árabes del Golfo. 

De hecho, buena parte del poder negociador iraní sigue descansando exactamente en los elementos que Estados Unidos quería eliminar: su capacidad para cerrar Ormuz y su stock de uranio enriquecido cercano al grado militar. Irán parece haber entendido que cuanto más logre vincular la estabilidad energética global con su propia supervivencia económica, más difícil será para Washington mantener una estrategia puramente militar o maximalista.

El temor de Israel. Detrás del acuerdo emerge también una tensión creciente entre los intereses estratégicos de Estados Unidos e Israel. Netanyahu habría expresado directamente a Trump su preocupación por varios puntos del borrador, especialmente porque el entendimiento incluiría una reducción de tensiones regionales más amplia que afectaría incluso al conflicto entre Israel y Hezbollah en Líbano. 

La Casa Blanca intenta tranquilizar a Israel asegurando que cualquier rearme de Hezbollah justificaría nuevas acciones militares israelíes, pero el mensaje implícito es claro: Washington quiere estabilizar la región y reducir el riesgo de una guerra total incluso aunque eso implique aceptar soluciones temporales e imperfectas. Para muchos sectores israelíes y republicanos, el acuerdo supone asumir que los objetivos iniciales de la guerra eran probablemente inalcanzables.

Una negociación “energética”. Si se quiere también, lo que está ocurriendo en Oriente Medio refleja hasta qué punto las guerras modernas pueden terminar redefiniendo completamente sus prioridades originales. La campaña militar comenzó bajo la promesa de destruir el programa nuclear iraní y acabar con la amenaza estratégica de Teherán. Sin embargo, tras semanas de tensión global, ataques cruzados y riesgo real de escalada regional, la negociación ha terminado pivotando sobre algo mucho más básico y urgente: impedir el colapso del comercio energético mundial. 

El detalle más revelador es que ni siquiera existe todavía un acuerdo definitivo sobre el uranio enriquecido, las sanciones o los misiles iraníes, pero aun así ambas partes parecen dispuestas a avanzar si el petróleo vuelve a circular con normalidad. En el fondo, la crisis ha demostrado que Irán conserva una capacidad de presión mucho mayor de la que muchos esperaban y que, para Estados Unidos, el precio económico y político de una guerra prolongada terminó siendo más peligroso que aceptar una tregua llena de incógnitas.

Imagen | RawPixel 

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La guerra en Oriente ha llegado a un acuerdo inesperado: uno donde EEUU no discute ni los misiles, ni las bombas ni el uranio de Irán

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Miguel Jorge

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